Con eso de que por cada final hay un comienzo, qué mejor momento para lanzar mi blog justo ahora que se acabaron las pasiones internacionales de sentimientos ajenos y nos toca regresar a la cruda realidad nacional.
Y es esa realidad la que me tiene cristianamente jodido. Y es ese cristianismo el que nos toca a los que, muy a pesar de, amamos con fe ciega a la blanquirroja. Cristianismo pichanguero que transforma a nuestra selección en un cuerpo sagrado, inerte y maltratado, clavado a una cruz que nosotros cargamos desde 1982, fecha que vio al Perú por última vez en un mundial… y me vio nacer a mí, de paso.
Le pido permiso a Zavalita para plantear su famosa pregunta (y espero respuesta): ¿En qué momento se jodió el Perú? ¿En qué momento se jodió la selección? ¿En qué momento me jodí yo?
Quizá y un poco de historia no venga mal (un especial agradecimiento a mi viejo, la Wikipedia y los bares del Centro de Lima).
España, 1982. Naranjito en el corazón de todos, Plácido Domingo en las orejas y Rossi con el equipo a sus hombros se llevó el balón y la bota. De más recordar lo que escapa a mi memoria pero está clavado en mi tradición: primera fase, Polonia con un 5 a 1 nos sacó sin chance a más esperanzas. No obstante, llegamos y la sudamos y la sufrimos y la lloramos…
Después de la esperanza, es el humor lo último en perderse. Además, siempre nos quedaba el mañana; llegaríamos a México 86 y el papelón lo haría el resto.
“¡Perú Campeón, Perú Campeón! Es el grito que repite la afición…”
El mañana fue distinto… 28 años después, seguimos sin ir al Mundial y la culpa de ello se la puedo echar a tantas cosas y personas, que hasta ayer prefería callar.
Y dentro de mi canto quise gritar
Y dentro de mi grito quise llorar…
Acá canto, grito, lloro. El que quiera, que me lea. Están todos invitados. Y comenten, que así es el fútbol.

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